El otro o la nada

 
                                   “Amar es abrirme al ser del otro…y abrir mi ser al otro”
                                                           Viktor Frankl – “El hombre en busca del sentido”
 

Mirándose al espejo controlaba una y otra vez que la mano que veía solo se movía si él movía su mano de este lado… y luego la ceja… y luego los labios…

Estaba así largo rato cada día, desde hacía largos días cada año, desde hacía largos años.

Finalmente se sentía sereno, convencido de que nada se movería si él no lo decidía antes, confiado en un control de todo, el control del todo, el control.

Entonces se recostaba apenas y conseguía dormirse dejando que sus ojos se entrecerraran cansados de tanto estar cansados. Pasaba así unos minutos, media hora… hasta que todo parecía estar definitivamente en calma.

Sin embargo, de repente y sin previo aviso se despertaba sobresaltado; seguro de que algo había quedado más allá de sí mismo. Entonces se levantaba de un salto, corría al espejo y se detenía frente a él quedando estático, sin respirar; mirando fijo a los ojos de aquel (no) otro que (no) lo miraba.

Pasaba así un minuto, dos, tres.

Y luego… movía una mano.

 

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¿Qué es lo real en la imagen en el espejo? Nada, solo la imagen.

Solo una imagen, una copia, una no persona.

Cuando miramos a otro ¿deseamos ver verdaderamente a otro o solo ansiamos encontrarnos con la imagen de nosotros mismos en ese otro? ¿Deseamos el encuentro o solo afirmamos desearlo mientras lo rechazamos de mil maneras?

Cuando estamos con el otro ¿estamos con el otro?

 

Muchas veces actuamos en el encuentro con el otro como el personaje de nuestro breve relato, intentando controlar, predecir, anticipar cada movimiento, cada “mano más allá de nuestra mano”. Se da así lo paradójico, lo contradictorio de vivir anhelando aquello que rechazamos cuando apenas comenzamos a entreverlo. Vivir buscando al otro para no estar con él.

Ocurre que el verdadero encuentro nos genera pánico porque constituye una experiencia abismal en el sentido de la profundidad insondable que habita en el ser humano y que nos constituye. Así, abrirse al verdadero encuentro con el otro es habitar aquellos momentos en el vínculo en los que permanece la diferencia, lo que “no cierra”, lo que no está resuelto.

Para evitar habitar aquellos momentos hacemos de todo: nos enojamos, nos vamos, nos sometemos, acordamos de palabra aquello que no está acordado en nuestro interior, nos forzamos a cambiar o intentamos cambiar al otro. De todo para evitar mirarnos a los ojos y comprender que aún no nos encontramos y que probablemente no nos encontremos nunca… y que quizá, por ello, dejemos de estar juntos.

De todo para evitar el dolor del desencuentro, el dolor de nuestra incompletud, de nuestra no seguridad.

Evitamos así el encuentro para evitar el dolor del desencuentro[1].

 

Sin embargo, siempre hay un día, hayamos huido durante un minuto o mil vidas, en el que algo cede, llora, se abre y permite entrar al menos por un instante otra luz. Cuando esto ocurre comprendemos que cuando nos abrimos a ese otro, cuando no le exigimos que sea igual a nosotros o a quien quisiéramos ver, cuando no intentamos que solo sea una imagen nuestra o de nuestros deseos, cuando trascendemos aunque solo sea un instante esa “sensación de abismo inminente” que el encuentro con el otro nos impone, algo se mueve en nuestro interior, algo nos trasciende y nos permite experimentar un lugar más plenamente constitutivo que la mera previsibilidad.

Quizá ese día es el día en el que nuestra alma comienza el viaje de retorno.

 

Porque anhelamos el amor y el amor solo se da en el encuentro

Porque es el encuentro o la rumiante masturbación del amor no dado.

Porque es el encuentro o la nada.

 

 


[1] Por supuesto no hablo aquí de la sumisión infantil que se da en el aceptar aquello que está contra mi esencia para que el otro no se vaya, sino de la posibilidad y necesidad adulta de abrirnos a aquello diferente que nos enriquece, nos nutre y nos salva del encierro asfixiante producido por esa nada que nos envuelve cuando solo podemos ser con nosotros mismos. Llamo a esta actitud sumisión infantil porque no tiene que ver con una escena actual sino con aquella  escena de la infancia en la que si el niño no era como el padre/madre necesitaba que fuera, corría el riesgo de ser abandonado por éste. Es por ello que, la sumisión infantil, no corresponde al vínculo adulto ya que lo que se intenta retener no es a este “otro” que está aquí presente sino a aquel padre/madre cuya posible desaparición sí era esencialmente peligrosa para el niño.